domingo, 31 de julio de 2011

162.- CONCLUSIÓN

No nos consta que la Fundadora haya hecho milagros en vida, pero hizo uno muy grande enseguida después de la muerte: La transmisión de su espiritualidad.

Cuando Madre Le Dieu volaba al cielo, Sor Rafaela tenía poco más de veinte años, y había vivido junto a la Fundadora solamente 18 meses. Nos parece un milagro cómo a esta edad, y en tan breve tiempo, se pueda asimilar una espiritualidad tan fuerte como la de Madre Le Dieu. Madre Rafaela vivió mucho tiempo al lado de la marquesa Serlupi, que era para ella como una madre. A la Marquesa se debe aquel trato exquisito de nobleza romana que la hija espiritual iba adquiriendo de día en día y que la hacía caminar majestuosamente como el hada de la bondad que hace amable la religión, pero el amor de esposa por Jesús Eucaristía, la ternura de madre para con los niños pobres y el espíritu de sacrificio a toda prueba eran herencia inconfundible de la Fundadora.

Cuando la Madre subió al cielo sus hijas Sor San Paul y Sor San Michel sufrieron un cambio de mentalidad, o como se diría hoy, una verdadera metanoia. Fueron como iluminadas por la luz de la santidad que brotó de la Madre, se sintieron herederas de su espiritualidad y de ésta fueron literalmente celosas.

Existe consenso unánime en afirmar que en Francia el espíritu de la Fundadora es genuino y dinámico. El mérito más grande, indudablemente, es de Sor San Paul y Sor San Michel.

Este fenómeno no se deja encuadrar en la lógica humana si se tienen en cuenta los hechos de Aulnay, pero responde perfectamente a la verdad evangélica expresada con la imagen del grano de trigo que, una vez enterrado, da lugar a la espiga: y la espiga de Madre Le Dieu es muy hermosa.

La biografía de Madre Le Dieu es la encarnación de este mensaje siempre actual: Lo que cuenta en la vida no es el éxito, sino amar y esperar.

sábado, 30 de julio de 2011

161.- Yo termino y tú comienzas

Comenzando en el mismo cuaderno y en el mismo punto donde lo dejó la mano cansada, Sor Rafaela escribe una breve pero conmovedora relación sobre la muerte de la Santa Madre: “Una fortísima bronquitis golpeó a la Madre, que después de ocho días voló al cielo.

Durante la enfermedad se mantuvo en la más absoluta resignación, intercambiando palabras edificantes con las personas que la visitaban. Hasta lograba bromear graciosamente. Con las religiosas conservaba una actitud serena. Si veía llorar a alguna decía: “¿Veis?, el Señor se divierte haciéndome sufrir; no lloréis porque estoy verdaderamente en paz”.

El día 24 el cardenal Parocchi, Vicario de Su Santidad, vino a visitar a la pobre enferma y, consolándola, le prometió proteger su Obra naciente. A lo que la Madre, respondió: “Lo creo de verdad, ya que el Cura de Ars y Pío IX están ahí y Su Eminencia será la tercera persona”.

En la habitación de la Madre estaba colocado un modesto altar con velas encendidas. Su Eminencia todavía no se había marchado cuando llegó Mons. Barbiellini, que examinó a una postulante y le dio el santo hábito religioso. Ésta se llamaba Lucía Schiavetti, en religión Sor Teresa del Carmelo.

Mientras tanto, Su Eminencia partió dejando a la Madre bastante animada. Al día siguiente, viendo que su salud empeo­raba cada vez más, avisamos a la marquesa Serlupi que, con su habitual caridad, vino enseguida a visitarla. Fue entonces cuando la pobre Madre Le Dieu le entregó el Rescripto Pontificio, poniendo bajo su protección a todas nosotras y a la Obra caritativa que estaba a punto de dejar. La devota y generosa señora no pudo rehusar y aceptó este encargo tan útil para el prójimo.

La noche precedente a la muerte, Sor María de Asís la pasó velándola.

Al amanecer del día 26 vino el Cura de Santa María Mayor, que se quedó durante varias horas. También vino el Padre Marc, confesor ordinario de la casa, quien la confesó y, viendo que estaba bien preparada, se marchó. Se quedó el señor Cura que ya le había administrado la Extremaunción el día de San Rafael Arcángel. Durante los ocho días que duró su enfermedad la Madre recibió la Santa Comunión.

La dificultad para respirar crecía cada vez más. El día 26 la buena Madre miró el reloj y dijo: “Son las ocho. Entro en agonía, orad por mí”.

El señor Cura, viéndola con plenas facultades y que se movía sin dificultad, dijo que estaba delirando, pero que no eran los últimos momentos. A las diez el Primario del Hospital de San Juan de Letrán dijo que verdaderamente estaba en agonía.

Volvió de nuevo el Padre Marc y le hizo la recomendación del alma, que ella seguía con gran devoción.

En las últimas horas de su vida le dice a la pequeña comunidad que le pedía la última bendición: “Yo perdono a todos los que me han hecho daño y perdono de corazón vuestras debilidades”. Luego, viendo a la novicia que había tomado el hábito religioso dos días antes, dijo: “Hija, yo termino y tú comienzas. Os encomiendo los niños: amadlos y cuidadlos. Yo no os abandonaré, velaré sobre vosotras.

Estad seguras que la Obra irá adelante. Todo lo que no he podido hacer por vosotras en la tierra lo haré desde el cielo. Os encomiendo la gravedad religiosa, la humildad, la sencillez, la verdad. No lloréis, yo estaré siempre con vosotras. Os doy las gracias por todo lo que habéis hecho por mí.

¿Veis cómo pasa el tiempo? ¡Oh, qué contenta me siento de morir!”. A la una perdió la vista: preguntó si el Padre Marc estaba allí; le dijimos que estaba el coadjutor: “Bien”, respondió. Durante este tiempo, repetía: “Jesús, misericordia. Dios mío, os amo con todo el corazón; quiero y declaro amaros para toda la eternidad. Dios mío, no seáis mi juez, sino mi salvador”.

A las tres y media su alma bendita expiró con el nombre de Jesús en los labios, dejando sumida en el dolor a la pequeña comunidad”.

A la edad de 75 años, 5 meses y 4 días, Madre Le Dieu, se une a la multitud celeste de la Adoración Reparadora.

Es el 26 de octubre de 1884.

viernes, 29 de julio de 2011

160.- ¡Oh Roma!, ¿qué he venido a buscar entre tus muros?

El mantenimiento de una treintena de personas requería medios bastante considerables. Para hacer frente a todo esto se contaba con la marquesa Serlupi, las subscripciones del Alcalde Torlonia y de muchas familias nobles, la colaboración del Banco de Roma, las ofertas del Papa, de los religiosos y de los familiares de Francia; ni siquiera faltaba el óbolo del pobre. El 5 de julio Madre Le Dieu escribe: “Ayer por la tarde un joven sacerdote vino a traernos la subscripción para el Protectorado de unos treinta obreros: 5 francos y 25 céntimos. El buen Dios tiene en cuenta el óbolo del pobre, aquella buena gente, privándose de un cigarro o de una copa, hace un verdadero sacrificio”.

El 20 de agosto, fiesta de San Bernardo, escribe: “Bernardo, ¿qué has venido a hacer aquí? ¡Oh soledad de Citeaux, tú has sabido lo que he dicho, atravesando muy rápidamente tus hermosas paredes y lo que quería encontrar! Yo repetiré las mismas palabras: ¡Oh Roma!, ¿qué he venido a buscar entre tus muros y qué he encontrado hasta hoy? Dios mío, mantened mi ánimo y mis fuerzas y dadme personas que me ayuden en espíritu y en verdad.

En esta situación provisoria y en esta estación del año me siento muy cansada para trabajar. Las horas, los días y los meses acumulan un pesado fardo, el de la edad, que yo todavía no percibo porque me siento mejor que años atrás.

Sin embargo, no debo abusar ni contar con un futuro demasiado largo. Me bastaría con dar a la Obra una base sólida y segura”. El 1 de septiembre anota: “Hoy es un día oscuro y nada anima a la esperanza. Pero no quiero desanimarme y deseo trabajar con todas mis fuerzas. Me siento cansada, pesada y consigo moverme con mucha fatiga”.

No obstante, el 13 de septiembre, al ver las nuevas construcciones que surgen, escribe: “Tengo miedo de que nos quiten la visibilidad. No nos hemos ido y, con la enfermedad del cólera que hay en toda la ciudad, nos veremos obligadas a quedarnos. Sin embargo, es necesario que comience a hacerme un pequeño manual de conversación para uso personal y me decida a hablar, bien o mal, el italiano ya que Dios me deja vivir aquí”.

El 20 de octubre escribe la última página del diario: “Ayer, Sor Rafaela ha ido a visitar al cardenal Vicario, el cual la ha acogido con gran deferencia y la ha animado mucho, él está muy contento de saber que estamos preparando la vestición de una postulante. La evidente benevolencia de Su Eminencia es el reconocimiento seguro de nuestra Obra. Santa Teresa dice: “La paciencia todo lo alcanza”.

Con estas palabras, Madre Le Dieu, termina su diario.

Monseñor Galliano Moncelsi anota con sutileza: “Esta expresión es el Nunc dimitis y la sabia de su laboriosa exis­tencia”.

jueves, 28 de julio de 2011

159.- Nueve de abril de 1884: día de alegría y de gloria

“Recibo un pliego sigilado del Vicariado:

A la muy Rvda. Madre Superiora General del Instituto de San José de la Adoración, calle Tasso, 46.

La primera página, escrita en italiano, contiene con gran exactitud los favores concedidos por el Rescripto del Sumo Pontífice Pío IX y mi petición actual. La segunda página, escrita en latín, es una concesión plena y sin reservas de nuestros privilegios religiosos.

Aprovechando una fiesta en casa de los Padres Bigi, el Cardenal anticipó la visita al día 16 de abril”.

Madre Le Dieu escribe: “Hemos preparado nuestra casa y a los niños. Si no se hubiera tratado de esta visita, me hubiera quedado en la cama.

Son las nueve, las diez, y el Cardenal todavía no aparece. Finalmente llega la bendita carroza; los niños se ponen en fila y saludan a Su Eminencia con un canto que no lo aturde, porque es tan dulce que parece cantado por un coro de niñas. El Cardenal, enseguida, comenzó a distribuir unas estampas. Me acerqué invitándole a entrar en el oratorio, lo que hizo devotamente, poniéndose en mi reclinatorio. Después de haber dado el visto bueno al altar, Su Eminencia ha subido unos escalones y nos ha dirigido algunas palabras sobre la caridad, luego ha querido visitar la casa.

Cuando entra en mi habitación los niños lo siguen y uno de ellos le dirige unas palabras. El Cardenal los bendice de nuevo y luego toma asiento en el único sillón. Como ya se le hacía muy tarde no habló del Cura del Ars, pero visitó el segundo apartamento. Los obispos que lo acompañaban han hablado con las hermanas; a uno le ha parecido la visita un poco larga, sin embargo, el Cardenal ha continuado y se ha interesado de todo.

Ha hablado con el P. Teobaldo y le ha dicho que le avise cuando hayamos aumentado de número, prometiendo todo su apoyo.

De nuevo nos ha bendecido a todos y a todas, me ha recomendado que vele por mi salud y luego ha llamado a la carroza.

20 de junio de 1884: probablemente esta fecha será memorable porque esta tarde la Junta deberá estudiar la petición del noble Patronato que se forma justamente hoy. El conde Campello presentará la petición en la que requiere el monasterio de San Onofrio como asilo para los niños pobres. He expresado lo que pienso a los señores Campello y Magliani y les parece bien, pero el conde ha intervenido diciendo que, indudablemente, la Junta habría rechazado la petición hecha por una extranjera..., y que era prudente que yo no apareciera en ningún sitio; que tres o cuatro señoras italianas serían suficientes en esta circunstancia y que luego me habrían hecho todas las concesiones que hubieran querido. Estando así las cosas, esta idea ha prevalecido y esta tarde yo la pongo, como toda mi vida, en manos de la Providencia de Dios, guiada por el Corazón de Jesús, cuya fiesta celebramos”.

“El miércoles por la tarde, en el palacio Campello, anota el 23 de junio, tendrá lugar la primera reunión (la marquesa Serlupi se había ido a Inglaterra).

He rogado a estas señoras que al principio fueran lo menos numerosas posibles, a todo lo más cuatro o cinco, para poder entendernos mejor. He manifestado mi deseo de conservar la dirección; tengo derecho a ser la directora”.

martes, 26 de julio de 2011

158.- ¡Cuánta bondad, Eminencia!

El 14 de marzo, viendo que el tiempo era bueno y encontrándose bastante bien de salud, fue a visitar al nuevo cardenal Parocchi, a quien el Papa le había orientado.

“Él escuchó la petición, examinó con mucha atención mis documentos, de los que tengo la copia (porque la Marquesa se ha adueñado de los originales para presentarlos o, creo yo, que por el gusto de regularizar ella misma este asunto). El Cardenal me pidió volver para una información más amplia. Con mucho gusto, Eminencia, porque nosotras queremos depender de usted, incluso en las cosas más pequeñas.

La audiencia viene interrumpida por otra visita urgente: es la marquesa Serlupi, la cual, después de unos veinte minutos, sale radiante; el Cardenal le ha dado hasta las medidas del altar que es necesario hacer enseguida; el lunes por la tarde vendrá un inspector para ver si todo está en regla; el martes o el miércoles se podrá dar la bendición; este día tendremos la primera Misa en Roma... Su Eminencia ha mirado con mucho interés la vieja fotografía de Aulnay, que yo le habría dejado si no fuera la única que tengo y que además está tan estro­peada.

–Pronto veremos así a los pequeños romanos, dijo Su Eminencia.

–Es lo que deseo. Dentro de unos días, cuando tengamos el uniforme para los niños, haremos una fotografía”.

El 19 de marzo escribe triunfalmente: “San José, ruega por nosotros. Primera Misa en la casa provisional de la calle Tasso, 46, celebrada por Mons. Gandolfo, el cual se había ofrecido después de haber donado el altar y la piedra sagrada. Así, el buen Dios se sirve de una persona, hasta ayer desconocida y que parece llena de entusiasmo. Si no fuera tan mayor podría solicitarlo como Superior, y creo que aceptaría, pero con 70 años cumplidos no se puede esperar una vida lo suficientemente larga como para que nos asista hasta que nos establezcamos definitivamente.

La Marquesa volvió ayer por la tarde y puso manos a la obra para preparar el altar, feliz de prestar su colaboración; nos ha traído un alba muy bonita y otra ropa, quizá de su capilla, con el propósito de regalárnosla.

Esta mañana la señora Francisca ha venido y ha traído dulces para todos los niños y una torta para las hermanas. Nosotros decimos: mientras tengamos, comámoslo con alegría; no hemos podido terminar todo, lo que ha sobrado es bueno para toda la semana”.

El 31 de marzo, Madre Le Dieu vuelve a visitar al cardenal Vicario: “El Cardenal está visiblemente cansado, pero se mostró muy benévolo; sabiendo que está muy ocupado, deseo hablarle sólo de una cosa: obtener como director a D. Gregorio, al menos provisionalmente.

–Con mucho gusto, Reverenda Madre, y en penitencia le ordeno que tenga la Misa todos los días, celebrada por él o bien por sus religiosos. En cuanto a usted, sírvase del favor del Santo Padre de recibir dos veces por semana la santa comunión, le haré llegar el Rescripto, mientras, hágalo por obediencia. Además, quiero ir a visitaros para hablar del Cura de Ars, del que soy una ovejita, una pequeña ovejita como usted. Hasta Pascua estoy ocupado por las celebraciones religiosas, pero el 21 de abril, a las cinco, estaré con vosotras.

–¡Cuánta bondad, Eminencia!

–Usted vendrá alguna vez, ¿verdad, hija mía? Hablaremos de sus cosas, de sus preocupaciones.

–Usted me colma de gracias, Eminencia.

–Venga, añade llevándome hacia un mueble de la sala sobre la que se encuentran varios objetos, no sé lo que hay en este paquete, pero se lo doy.

–Su Eminencia sacó una caja grande llena de dulces y de fruta escarchada y, sonriendo, me la regaló”.

lunes, 25 de julio de 2011

157.- A cada uno lo suyo

“Señor Superior, en el mes de agosto de 1879 hice un viaje al Monte San Miguel para ponerme de acuerdo con usted sobre las cuentas que todavía hoy no están definitivamente saldadas acerca de la gestión de aquella casa. Para conservar la posesión y gozar de los bienes que yo tenía que recibir ha hecho valer una letra de cambio que dejé al administrador cuando me fui al sur. Yo, de ningún modo, he rectificado tan injusto recibo. He tardado en decírselo porque siempre esperaba volverle a ver y recordarle lo que sucedió y que usted ya bien conoce. También conoce las considerables pérdidas que he tenido en el Monte San Miguel. Ya que Mons. Bravard ha retenido los fondos que debían habérseme entregado para sufragar los gastos indispensables del orfanato, he tenido que anticipar más de 20.000 francos y, como sabe, también he tenido que pedir algunos préstamos, cosa que no hubiera sido necesario si, además de las grandes sumas que habían dado para nosotros en la Abadía, me hubieran entregado el sueldo del Estado que del 15 de junio de 1866 al 15 de diciembre de 1869 sumaba ya la cantidad de 45.000 francos.

Sin pedir nada por mi trabajo (más aún dejando 1.000 francos al año de mi pensión) sólo he reclamado 20.000 francos para pagar a la señora Lacorne, la cual, tras las promesas del Obispo había depositado 12.000 francos como fianza ante el mismo administrador, quien le ha hecho perder 8.000; usted sabe que esto representaba toda su riqueza. El silencio de Mons. Bravard durante cuatro años, y luego su fuerte oposición, nos han causado la pérdida de los bienes a las dos.

Me han aconsejado ceder los derechos a una Sociedad para recuperar el dinero; esta misma sociedad, teniendo en cuenta todos los cobros, exigiría a mi administrador dicha letra de cambio. Existen pruebas evidentes de estas apropiaciones indebidas de las que usted se ha aprovechado. Para liberar a la pobre viuda de su gran miseria no me queda otra salida si no es arreglar las cosas amigablemente. Hago, por tanto, una llamada a su justicia, aún renunciando a lo que por derecho me pertenecía hace 15 años, aunque los intereses casi hayan duplicado nuestras pérdidas y vuestras ganancias. Piénselo bien ante Dios, usted y yo nos encaminamos velozmente hacia Su Tribunal que no puede ser engañado con cálculos falsos o sutiles.

Restitúyame los 20.000 francos para los que le daré facilidades de pago.

Si cediera mis derechos, como se me ha propuesto, usted tendría una culpa aún más grave. Espero que no renuncie a este acuerdo y quiera darme su confirmación positiva”.

En su diario la Madre comenta:

“Si el Padre Robert no restituye los bienes que ha adquirido injustamente, y de los que injustamente goza, pronto verá que Dios no deja impune la violación de sus mandamientos, ni los anatemas de la Iglesia. Todo lo que sufrimos desde hace tantos años la pobre Alina y yo, grita venganza ante Dios”.

A Sor San Paul le escribe una carta bastante ponderada. Las expresiones más fuertes van dirigidas al párroco Coullemont que, ciertamente, leería la carta. Como por ejemplo: “A ti hija te lo digo y tu “nuera” me entiende”.

Mi querida hija, he sabido con satisfacción que los trabajos del Protectorado de Aulnay continúan, que esperáis un centenar de niños para la apertura y que nada obstaculiza vuestro camino.

También tú estarás contenta de saber que Dios ha bendecido abundante y visiblemente mi venida a Roma; un documento oficial aprueba aquí el centro de nuestra Obra que dependerá directamente del Romano Pontífice, mediante un cardenal Protector.

Lamento no haber vuelto hace cuatro años, nuestra situación hubiera sido muy diferente para unos y para otros; pero no me remuerde la conciencia porque día a día he hecho todo lo que he podido y he creído que era voluntad de Dios.

Si yo reconozco con satisfacción lo que habéis trabajado por la Obra sosteniendo la asociación civil que habíamos formado, también vosotras debéis reconocer que, sin mis bienes, ciertamente no hubierais podido tener lo que hoy existe. Recordad que habéis venido solamente con lo puesto, una con el vestido bretón y la otra con el normando. Por tanto, no podéis negarme el derecho a una pensión proporcional a la edad y a la necesidad.

Por eso me aseguraréis una renta anual de 1.200 francos por 10 años pagables al trimestre, comenzando desde hoy, o bien una cantidad de 12.000 francos de una sola vez. En este último caso renunciaría a los derechos de la propiedad que luego vosotras podríais administrar libremente.

Sin embargo, tened presente que haciendo esto, guiadas por los intereses de la dirección que ahora seguís, vuestro futuro se limitará al lugar donde ahora os encontráis.

¡Que el Señor os bendiga! No he sido yo quien os ha puesto fuera de la sociedad de las Auxiliares Católicas, ahora reconocida ya dos veces por la autoridad infalible de la Santa Sede; habéis sido vosotras, pobres jóvenes, las que os habéis alejado y habéis despreciado las sagradas promesas hechas a Dios y que habían sido, durante tantos años, vuestra fuerza. Habéis seguido consejos muy limitados e intereses particulares.

Vosotras queréis asumir solas la gran responsabilidad de la santa vocación, pero parece que os habéis olvidado completamente de la ternura materna de la que os he dado prueba durante mucho tiempo. Os escribo con la habitual sinceridad y en la caridad de mi corazón perdono todo lo que me habéis hecho sufrir desde hace tres años. Mi querida Sor San Paul, si hubiera dependido de ti hubieras cumplido tus promesas: tú tienes un corazón noble y generoso por naturaleza. Yo rezo para que retomes las convicciones de un principio; sería para ti, créelo, motivo de alegría y honor. ¿Y quién te sucedería si la Obra dejara de caminar bajo la dirección de las Auxiliares Católicas que ahora, según mis deseos, pasarán bajo la dirección y la protección de la suprema Autoridad?

Por eso vuelve a tu madre; sé con ella un solo corazón y una sola alma. El director que ahora dirige la Obra en Aulnay, cobrando un sueldo, es capaz de llevarla adelante sólo por intereses materiales; que siga. Lo digo de nuevo y sinceramente: ¡Que el Señor os bendiga por la andadura que aparentemente mantiene la Obra!

Reflexionad, hija mía, y ved la diferencia entre estos últimos tiempos y aquellos en los que íbamos de acuerdo, en los que ordenábamos nuestra vida, comunicando y compartiendo todo: Sor San Michel de sus cosas, nosotras de lo que pasaba en casa, y yo de lo que hacía por el bien de todas”.

Como Sor San Paul mantenía un silencio de tumba, la Madre se lamentó así: “La compadezco, hija mía, porque ha perdido no sólo su afecto por mí, sino también una buena educación; se responde hasta al perro que parece cuidarla. Pero, lo repito, no es su corazón el que la obliga a actuar así. Usted sola podría entenderse perfectamente conmigo. ¡El Señor la bendiga y le inspire la justicia y la caridad en la cual la abrazo!”.

sábado, 23 de julio de 2011

156.- El corazón tiene sus razones que la mente no conoce

El corazón de la Madre no puede olvidar a las religiosas de Aulnay. Ella les escribe cartas que, desgraciadamente, no tienen respuesta. He aquí algunos párrafos:

“Queridas hijas, las almas y los corazones no se separan nunca, están indisolublemente unidos en Dios cuando su intención es recta y pura. Por tanto, considerad esta carta como la conferencia anual que yo misma debería presidir. Tendréis la ventaja, como yo, de conservarla en este escrito, mientras que las palabras se las lleva el viento.

Ante todo, en espíritu de fe, de rodillas, antes de leer, decid como yo antes de escribir: “Veni, Sancte Spiritus... Ave María”.

En la soledad que Dios me concede, con la misma sencillez que en Aulnay, actúo y espero, guiada por los consejos y por la Providencia.

Todo procede con lentitud; pero progresa en lo que se refiere a establecer el centro de la misión de las Auxiliares Católicas en Roma. Según mis deseos, encontrará pronto una casa y un cardenal Protector para ella.

La casa de Aulnay, que yo permito que siga adelante así como se encuentra, tiene que ayudarme en esto. El silencio absoluto de Sor San Paul es más que sorprendente. La idea de unirse a otra comunidad religiosa es un miserable abandono. Es mucho mejor depender de la Santa Sede que de otros; yo no quiero de ningún modo una fusión. El camino que he seguido desde hace casi veinte años, está sometido a un examen canónico. Hago mi deber, soportando con paciencia todas las pruebas de esta Obra, bendecida por los más grandes siervos de Dios.

Dios ha salido siempre en su defensa y vosotras debéis recordar lo que sucedió en Coutances, en Fréjus y en otros lugares cuando se la ha perseguido. Yo nunca quise venganza, pero, lo repito, Dios ha hecho justicia.

Mis queridas hijas, vosotras y yo no somos sino débiles instrumentos que Dios quiere para esta Obra eminentemente reparadora; continuamente se me asegura que dicha Obra está llamada a hacer mucho bien.

Creo que no soy demasiado exigente si os pido algún centenar de francos. Sé que tenéis muchas cargas, pero también tenéis que reconocer lo que os he dicho en las dos últimas cartas: ¿Qué hubierais hecho en Aulnay si hubierais ido sin mí? ¿Y en caso de rehusar, no teméis los tristes frutos de la ingratitud?”

Antes de vuestra respuesta no quiero añadir nada más.

Todos los días pido a Dios para que os ilumine, os recuerde los primeros votos y os bendiga”.

“Es necesario estar dispuestos a morir a todo, no importa cuándo y cómo. No basta sólo con decirlo o escribirlo”.

“Tengo lo que necesito para el día y unas treinta monedas en el bolsillo, mi soledad es completa como también la paz del corazón. A imitación de los misioneros siento un abandono total y nunca como ahora he practicado las virtudes teologales. Gracias, Dios mío, por la fe, la esperanza y la caridad que me concedes”.

“Aunque no lo diga, quiero que sepáis que no olvido a nadie, guardad estas cartas y, queridas hermanas, ellas serán vuestro pasaporte para el cielo”.

Sor Ana le envía alguna respuesta balsámica ya que intelectualmente es la mejor preparada. La Madre escribe a su prima María.

“Mi querida María, me apresuro a decirte que en este momento recibo una carta de Sor Ana que, por su sencillez y claridad, vale más que el oro”. Madre Le Dieu, meditando sobre las vicisitudes de Aulnay, escribe: “Quizá hubiera sido mejor no haber tenido tanta paciencia y tanta esperanza de que podría vencer la rebelión con la dulzura.

El buen Dios juzgará en última instancia, mientras yo hubiera podido reprocharme por no haber usado estos medios”.

“Es un fastidio repetir siempre las mismas cosas, pero yo me veo obligada a usar con todos el mismo lenguaje; para mí es un aburrimiento y lo hago en espíritu de penitencia. Preferiría inventar desde el principio una historia más divertida que la mía”. ¡Tantas dificultades no logran apagar el sabio humor! Es emocionante ver a esta anciana con cuánta complacencia enseña a todos la fotografía de la comunidad de Aulnay, aunque el grupo fotográfico suscite críticas. Este episodio nos demuestra su gran afecto por aquella casa: “una superiora religiosa me dice que, a su parecer, la fotografía de nuestra pequeña casa no será del agrado de todos, a nadie se le ha pasado por la mente nada parecido. Ella observa que el párroco, que es muy joven, está en medio de las religiosas. Sé que en Roma son muy susceptibles, pero, si se mira atentamente, no hay nada que recriminar, porque se trata de mujeres que han pasado los sesenta o los cuarenta. La prudencia nunca es demasiada, hablaré con el Padre Laureçot”.

Cuando su obra nació sana y fuerte en la ciudad eterna, quizá sin quererlo, en su inconsciente se tomó una revancha contándoselo a todos los que le habían hecho sufrir. Escribe al Padre Robert una carta muy dura.