domingo, 12 de junio de 2011

128.- Excluyen a toda costa a la fundadora

Quizá más que la visionaria, quien ha actuado es el párroco, ganándose la confianza de las religiosas y desautorizando a la Fundadora. Ahora él reconoce a Sor San Paul como superiora de la Obra, de la que se siente director. Iluminan este tema los apuntes de un diálogo que el 3 de enero de 1879 tuvo Madre Le Dieu primero con el párroco y luego con Sor San Paul.

“El Señor cura entra en mi habitación con aire desenvuelto. Yo le saludo y le digo:

–Usted me ha escrito...

–Sí, interrumpe, y usted no me ha contestado.

–Es verdad, respondí, he ido al Obispado para pedir una revisión de la situación y protección para nuestra Obra a causa de la triste orientación que usted le da. Bien, señor cura, yo quiero que se dé otra dirección distinta a la que usted le está dando. En lugar de ayudar a las religiosas para que tengan confianza y afecto hacia mí, mantiene encendida la revuelta que usted me había prometido aplacar. No puedo tolerar por más tiempo los desórdenes que se están generando; disolveré esta organización y hablaré directamente con el Obispo.

El cura aceptó todo lo que le dije y se retiró. Después viene el turno de Sor San Paul. Ella no tomó la cosa como el pastor y, entrando en el paroxismo de la cólera, y delante de una religiosa que yo había llamado intencionadamente, me dijo que yo ya no era nadie y que ella había recibido el encargo del Obispo de vigilarme e impedirme continuar destruyendo el Instituto. Creo que la escena duró, sin exagerar, más de una hora. Yo ni por un instante perdí la calma, sintiendo mucha pena por aquella pobre naturaleza generosa y piadosa, pero en ese momento perturbada por el orgullo y por los peligros de un cargo que, con toda evidencia, era incapaz de realizar”.

El Obispo, que también estaba prevenido contra Madre Le Dieu, sabía que Sor San Paul y el párroco colaboraban unidos y estaban decididos a excluir a la Fundadora a toda costa; se lo dijo abiertamente:

–Usted tiene a Sor San Paul, que apoya al párroco de manera admirable.

–Es precisamente a causa de esta pobre hija, rebelde desde hace más de un año, y tristemente sostenida en esta revuelta por lo que insisto que se haga una revisión de la situación. Su Excelencia debe estar al corriente de los abusos de poder que destruyen el bien y hacen temer, no tardando, los escándalos más deplorables.

Entonces, en pocas palabras, le relaté los incontestables hechos que suceden ahora en este lugar y le manifesté que la dirección era equivocada. Sólo hablé de una persona, y la verdad es que habría sido suficiente para motivar mis justos temores. Su Excelencia cambió visiblemente la actitud que había tenido hasta entonces, es decir, la de una persona a la que habían prevenido, y yo lo sabía. Mi declaración y la gravedad de los hechos que le estaba manifestando hicieron que él estuviera muy atento y distinto”. Desgraciadamente, Su Excelencia dejó correr el agua por su cauce.

Madre Le Dieu, para salvar los bienes económicos de los embargos que el gobierno laicista hacía, a menudo, a las casas religiosas, había constituido una sociedad civil de 20 acciones, atribuidas en partes iguales a cuatro religiosas inscritas con el nombre de pila.

En agosto de 1880, los dirigentes del orfanato de Aulnay, realizando modificaciones al reglamento de la sociedad, quisieron introducir en ella al párroco para hacer de menos a Sor Le Dieu.

La Fundadora sufre aún más porque han cambiado el semblante al orfanato que ya no es la casa de los niños pobres.

Aquí explota con toda la fuerza la ironía de la Madre. Según ellos, el orfanato, que es una obra de misericordia, sería preciso sustituirlo “por un pensionado donde paguen bien, en el que las almas de los ricos, gratas a Dios más que las de los pobres (palabras textuales), serán acogidas y tratadas según lo que paguen: “¡Viva la prudencia humana! ¡Abajo la Providencia que no viene en ayuda, si no es con un duro trabajo! ¡Atrás los pobres!, que sirven todavía como pretexto para obtener las subvenciones necesarias para la fundación.

Me abstengo de narrar otras cosas verdaderamente absurdas e incluso blasfemas, que tienden a destruir completamente el espíritu de fe y de caridad, que son los fundamentos de la Obra”.

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